La mesa de diálogo de Milei se derrumba: Gobernadores desconfían y exigen soluciones tras la derrota bonaerense

La mesa de diálogo de Milei se derrumba: Gobernadores desconfían y exigen soluciones tras la derrota bonaerense

​La estruendosa derrota del oficialismo en la provincia de Buenos Aires ha desatado una verdadera tormenta política, dejando al Gobierno de Javier Milei en una posición de extrema debilidad. En un intento por recomponer su imagen y evitar el aislamiento, la Casa Rosada lanzó una convocatoria para una «mesa de diálogo federal» con los gobernadores. Sin embargo, lo que se presentaba como un gesto de apertura se ha convertido en una clara señal de la creciente fractura entre el poder central y las provincias.​

La respuesta de los mandatarios provinciales fue contundente y, en su mayoría, negativa. Ni siquiera los aliados más firmes del Gobierno han confirmado su asistencia, un indicio de la profunda decepción y desconfianza que se ha instalado en las provincias. El llamado a la unidad, lejos de tender puentes, ha acentuado la distancia y el recelo.

Los gobernadores que hasta ahora han brindado un apoyo tácito a la administración libertaria, sosteniendo las políticas de ajuste y «motosierra», se sienten traicionados. La falta de cumplimiento de los acuerdos pactados, especialmente en materia de recursos y obras públicas, ha erosionado por completo la confianza. El grupo de gobernadores que conforma «Provincias Unidas» —que incluye a líderes de Córdoba, Santa Fe, Chubut, Jujuy y Santa Cruz— ha expresado públicamente su malestar. La derrota en Buenos Aires ha reforzado su postura, y ahora no quieren aparecer como el salvavidas de un gobierno que los ha ignorado y maltratado.

​El gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, fue uno de los que alzó la voz. A través de sus redes sociales, envió un mensaje claro a la Casa Rosada: «No se puede maltratar, no se puede agredir ni insultar». Sus palabras reflejan un sentimiento generalizado entre sus pares, que sienten que han sido el blanco de ataques y descalificaciones por parte de funcionarios del Gobierno nacional. Este quiebre en la relación con los aliados, que antes servían de puente con el Congreso, complica aún más el panorama legislativo para el oficialismo a solo un mes y medio de las elecciones.

Desde el peronismo, la respuesta no ha sido menos hostil. Los gobernadores de este signo político, que en un principio mostraron cierta apertura al diálogo, ahora exigen soluciones urgentes para la asfixia económica a la que sus territorios están sometidos. El gobernador de Tucumán, Osvaldo Jaldo, fue tajante al afirmar que los «recursos coparticipables son nuestros, no del Gobierno Nacional», en una clara defensa de la autonomía provincial frente a la política de ajuste fiscal de la Nación.

​Las provincias reclaman no solo una recomposición de los fondos que el Gobierno retuvo o recortó, sino también un plan claro para reactivar las economías regionales y enfrentar la crisis social. La convocatoria a una mesa de diálogo sin una agenda de trabajo ni propuestas concretas ha sido interpretada como un simple intento de ganar tiempo y mostrar una imagen de gobernabilidad que ya no existe. El peronismo ha visto en la derrota bonaerense una oportunidad para reagruparse y ejercer una presión coordinada que obligue al Gobierno a reconsiderar su estrategia.

​Hasta el momento, la lista de confirmaciones de asistencia a la mesa de diálogo es casi nula. Solo el gobernador de San Juan, Marcelo Orrego, ha respondido afirmativamente. En contraste, los gobernadores que se consideraban «aliados estratégicos» del oficialismo, como el de Mendoza y el de Chaco, ni siquiera se han pronunciado al respecto. Su silencio es una señal elocuente de la incomodidad y la incertidumbre que reina entre los mandatarios. La ruptura de la confianza entre el gobierno central y las provincias parece ser el principal obstáculo para cualquier intento de diálogo. El revés electoral en la provincia de Buenos Aires, lejos de ser un simple traspié, ha marcado un antes y un después, fortaleciendo la voz de los gobernadores y dejando al Gobierno nacional en un estado de profunda vulnerabilidad política. El camino hacia las elecciones de octubre se vislumbra más solitario y cuesta arriba que nunca para la administración de Javier Milei.

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